El asno con piel de león

Había una vez un viejo hombre que se dedicaba al comercio en tierras de la India. El producto que vendía este hombre era aceitunas.

El camino a recorrer era bastante extenso, por ello se hacía acompañar de su burro de pelo gris que lo ayudaba con la carga hasta la ciudad.

Este burro era muy inteligente y llevaba la carga con todo cuidado que ni una sola aceituna se perdía en el camino. Esto al hombre le gustaba mucho, pero había algo que lo inquietaba y era que su burro comía más que cualquiera de su especie.

La razón era que el burro cargaba tanto peso, que lógicamente requería más y más comida. Esto enfadaba mucho al comerciante quien era por naturaleza muy tacaña. Casi tenía que darle de comer hasta ocho veces en un mismo día.

Un día dijo que haría un balance de sus ganancias, y se dio cuenta que no las tenía. Estaba furioso pues las pérdidas eran mayores. Entonces culpó al burro, pues ¡claro! Todo lo que ganaba se le iba en alimentarlo. Ante tal reflexión, se puso en meditación. Necesitaba hallar una solución a este problema de inmediato.

Así que le vino una gran idea: resulta que en el camino a la ciudad hay un paraje donde hay mucha alfalfa, entonces pensó que sería bueno poner allí a su burro para que comiera todo lo que se le antojara sin tener que gastar ni una moneda.

Pero todo no puede ser perfecto. Resulta que había un inconveniente y era que ese terreno lleno de alfalfa tenía dueño y si lo veían dejando a su burro comer, con toda seguridad lo denunciarían e iría a la cárcel.

Pensó y pensó para ver qué idea genial se le ocurría para no ser descubierto. Y la idea vino: el campesino ideó comprar una piel de león para cubrir al burro con ella, así el dueño de la finca le temería y no se atrevería a atentar contra él.

Compró la piel y se la puso por encima al burro y lo observó bien. Claro al verlo de cerca era fácil saber que era un burro con disfraz de león, pero seguramente desde lejos no se notaría. Así fue que lo llevó hasta la finca y lo dejó que comiera hasta saciarse. Mientras tanto él lo observaba, escondido detrás de un árbol.

El capataz vio al “león” desde lejos y comenzó a gritar de miedo. El comerciante mientras tanto se reía del hombre asustado y dejaba comer un día y otro a su burro en ese sembradío. Él estaba muy risueño, se burlaba del miedo del capataz.

Al octavo día el capataz no corrió de miedo al ver al “león” sino que fue a buscar a sus vecinos para que lo ayudaran. Llegaron treinta hombres y mujeres con palos en sus manos, para ir a espantar a la fiera.

Todos decían:

  • “hasta aquí llegaste
  • “león” “te haremos papilla”

Llegaron al lugar y sintieron miedo, pero jamás retrocederían. Sabían que entre todos podrían vencer a semejante fiera que estaba arruinando el campo de alfalfa de su vecino.

La algarabía era tal, que el asno la escuchó y levantó la cabeza y al ver a ese tropel de gente con palos reaccionó de la siguiente manera:

  • Se petrificó
  • Puso cara de pánico y
  • Comenzó a rebuznar como un burro loco: ¡Hiaaaa! ¡Hiaaaa! ¡Hiaaaa!

Los vecinos guardaron silencio y se vieron unos a otros con total desconcierto. ¡Habían escuchado a un burro! Todos quedaron atónitos.

Ante la confusión el burro aprovechó para echar a correr dejando caer la piel de león. Los vecinos y el capataz al unísono gritaron:

  • ¡Es un borrico!

Uno a uno cayó panza arriba muerto de risa.

Todos estaban felices menos el comerciante, que se quedó ahora sin burro por avaro.

 

 

 

 

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