La anciana y el sapo

La leyenda cuenta que en un pueblito de los Andes, vivían en una casita de adobe, techo de caña y palmeras, una pareja, el esposo se llamaba Aniceto y la esposa Teresa.

Aniceto se dedicaba a la siembra y cultivo de diversas especies de plantas alimenticias, tales como: papas, zanahorias, ajos, cebollas, tomates, cilantro, yuca, y muchas otras especies. Teresa, se dedicaba a los quehaceres domésticos, en especial a preparar buena comida a su esposo.

Aniceto sentía gran respeto por sus padres y abuelos, los mantenía y asistía en todas sus necesidades. Adoraba a su madre, una viejecita de más de ochenta años de edad, que vivía cerca de él.

Esta anciana, tenía por costumbre llegar todos los días a la casa de Aniceto, donde era bien recibida por su hijo, quién le servía su almuerzo, lo que se convirtió en un hábito.

Pero llegó un día que Teresa, muy malhumorada, comenzó a discutir con Aniceto y entre otras cosas le dijo:

-Mira Aniceto, esto tiene que terminar, estas visitas de tu madre a la hora de almuerzo ya no las quiero.

-No me está gustando que esa señora esté aquí todos los días buscando comida a la hora del almuerzo, dile que también vaya a pedir comida donde sus otros hijos, que no la quiero ver más molestando en esta casa.

Aniceto le contestó:

-Pero Teresa, es que ella no tiene a nadie cerca, mis hermanos viven demasiado lejos y ella no puede ir hasta allá, es mi mamá y no tengo problema en darle comida.

Teresa furiosa le dijo:

Que no la quería al mediodía en su casa y esa era su última palabra.

Un día llegó la ancianita al medio día y Aniceto le dijo:

-Mamá no vengas más a esta hora a buscar comida, mi esposa no te quiere ver más por acá.

-Yo te diré cuándo debes venir.

– Anda a visita a mis otros hermanos para que te den de comer también.

Muy triste la abuelita le dijo a Aniceto:

Hijo mío, yo no vengo para que me estés dando de comer, vengo para saber de ustedes, acompañarlos un rato y recordar viejos tiempos.

Aniceto de muy mala manera le dijo que se fuera que él le avisaba para que lo visitara. Y de manera descortés le cerró la puerta, la ancianita dio media vuelta y se fue llorando muy triste.

Al día siguiente Teresa lo llamó a almorzar y Aniceto entró a la salita y se sentó cuando de repente oyó un grito aterrador de Teresa, quien perdió el conocimiento de inmediato. Aniceto corre a la cocina y al mirar la olla observó un gran sapo dentro de ella, que se había comido todo.

La anciana y el sapo

Comprendió entonces el motivo del grito y desmayo de su mujer. Rápidamente el gran sapo saltó y Aniceto no lo pudo agarrar, se escapó velozmente. Tanto él como su mujer no se explicaban lo que pasó:

-¿Cómo pudo entrar ese sapo a comerse todo dentro de la olla?

Ya recuperados del susto Aniceto le dijo a Teresa:

Eso es castigo del cielo, no debimos tratar tan mal a mi mamá, por un platico de comida, vamos a invitarla para que siga viniendo a comer como de costumbre y así Dios nos perdonará.

Está bien Aniceto, se hará lo que tú digas, anda y la invitas que venga, le dijo Teresa.

Al llegar Aniceto al rancho de la ancianita, tocó y tocó y nadie abrió. Como pudo entró y fue al cuarto de su madre y ahí estaba en su lecho. La abuelita tenía el rostro triste y se le notaba que había llorado mucho.

Aniceto se dio cuenta que la pobre ancianita había muerto de tristeza y dolor. Esto le dio una gran lección y comprendió (aunque muy tarde) que hay que cuidar, querer y ayudar a los padres, no descuidarlos y abandonarlos.

Quedó un dicho en los Andes que dice: “Nunca niegues la comida a tus padres, pues el sapo vendrá y te castigará”.

 

 

 

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