La leyenda del girasol

Cuenta una antiquísima leyenda paraguaya, que en las riberas del Río Paraguay estaba asentada una tribu, cuyo jefe era el Cacique Piraya. Muy cercana a su tribu estaba otra aldea cuyo jefe era otro cacique llamado Mandiu.

Ambos caciques habían convivido junto a sus pueblos y habían compartido muchas cosas entre ellos. Frecuentemente cambiaban utensilios, vajillas, adornos y comida.

Al pasar el tiempo, el cacique Mandiu conoció a la hija de Pirayú y se enamoró perdidamente de ella. Mandiu tenía la creencia y así lo pensaba, que al unirse a la bella hija de Pirayú, las dos tribus se unirían y florecerían más aún y llegarían a ser uno solo.

Así pasaron los días, hasta que decidió hablar con Pirayú acerca de sus propósitos. Este lo escuchó detenidamente y le respondió que ningún hombre sobre la tierra podría jamás ser esposo de su única y bella hija Carandaí.

Ya que ella se había comprometido a ofrendar toda su vida a Curaraí el Dios Sol. Le hizo comprender que la india vivía a cada instante de su vida contemplando y admirando a dicho Dios Sol.

También le expresó que si no había notado que los días nublados y oscuros la india se ponía muy triste y melancólica. Ante esto Mandiu, afligido y consternado ante tal respuesta de su amigo, consideró que lo dicho representaba una grave ofensa para él y en su interior creció su deseo de vengarse de tal afrenta.

Pirayú se dio cuenta de lo molesto que se sintió Mandiú y a la vez pensó que tal respuesta le traería malas consecuencias a su pueblo.

Pirayú tuvo razón, no se equivocó. Luego de un tiempo, estaba Carandaí paseando en su canoa por el río mientras miraba al Sol y de repente observó un gran incendio en la vegetación, la india desesperada quería llegar a la orilla y bajarse, pero le era imposible.

La leyenda del girasol

Ahí fue cuando vio a Mandiú, riendo a carcajadas y muy agitado, mientras le gritaba: “Ah ja ja ja anda a pedirle a tu Dios Curaraí que te salve” y soltaba cada carcajada que estremecía a la asustada India Carandaí.

Ante el difícil momento, Carandaí angustiada le rogó a su Dios Sol que la ayudara y no la dejara morir rodeada del voraz incendio. Fue en ese instante que bajo del cielo un rayo de luz en forma de remolino que envolvió a la india y la hizo desaparecer ante la mirada atónita de Mandiú. Quién aterrado salió en veloz carrera.

Cuenta la leyenda que fue en ese mismo sitio donde la bella india rogó ayuda a su adorado Dios Sol Curaraí, que nació de la tierra una hermosa flor grande y de color amarillo intenso que parecía de oro.

Desde entonces, esta flor desde no deja de mirar o contemplar al Sol, durante todo su recorrido diario por la tierra. De allí se deriva el nombre de Girasol.

 

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