La niña de sonrisa escondida

En la vida, aunque no lo quieras, siempre hay muchas cosas que son difíciles de realizar.

A Manuel, el hijo menor de Doña Ana se le dificultaba guiñar un ojo, por más que lo intentaba le era imposible hacerlo y aquel episodio finalizaba siempre en motivo de burlas y risas de sus compañeros de actividades.

A Luisa en cambio, le resultaba fácil guiñar el ojo, pero su defecto vergonzoso, bueno para ella, era que se le imposibilitaba pronunciar algunas palabras.

Pero a ellos se les agregaba el abuelo Matías, que siempre intentaba de mil y una formas finalizar una frase, pero nunca lo lograba.

Pero a nadie absolutamente a nadie, le preocupaban aquellos pequeños defectos, por llamarlos de alguna manera, que sobrellevaban estos tres personajes; como el que sufría Tina al no saber reír.

Sus padres estaban muy preocupados, ya que no encontraban el motivo de aquel problema que presentaba la hermosa Tina. A pesar de llevarla a infinidades de médicos, psicólogos, y hasta curanderos, ninguno lograba dar con el problema que provocaba en la niña sus nulas ganas de sonreír.

Su madre le hacía siempre la misma pregunta, sin obtener una respuesta que la calmara. ¡Acaso no eres feliz!, mi hermosa hija.

Lo que sentía no tenía que ver con la felicidad, Tina nunca estaba triste ni molesta, simplemente que no sabía reír

Y eso, que había mil y una situación en el vecindario para reír: las prácticas para guiñar el ojo de Manuelito, oír a Luisa ofrecer sus hierbas y hortalizas sin poder pronunciarlas bien. Sentarse a escuchar los cuentos, y las incongruencias del abuelo Matías, al no finalizar las ideas.

Todos esos episodios le causaban mucha gracia, pero a la vez una profunda tristeza, al no poder expresar ese bonito sentimiento. La hacían sentir mal las críticas de los vecinos, amigos y familiares que decían, pobre Tina, es una niña infeliz, aburrida.

Hasta que un día conoció a un niño que llego nuevo al vecindario, Juan Carlos, que al igual que ella, Manuel, Luisa y el abuelo, presentaba un problemilla.

Juan Carlos era sordo mudo y solo expresaba sus sentimientos con señas, que la mayoría de las personas no entendían.

Él siempre llevaba una libreta, lápices de muchos colores y le escribió a Tina lo siguiente:

¿Por qué no dibujas una hermosa sonrisa en una libreta, y la muestras cada vez que algo te cause gracia? ¿Te parezca gracioso?

A Tina aquella idea le pareció fantástica. Corrió hasta su hogar y reunió todos los materiales para hacer su diseño. Primero realizo una gran sonrisa nerviosa, y una con una fuerte carcajada.

Se emocionó y pinto también una sonrisa dulce y amable. Así, coloreo y coloreo las más variadas sonrisas, cada una más hermosa que la otra.

La niña de sonrisa escondida

Tina no aguantaba las ganas de enseñar su nuevo descubrimiento a toda la gente del vecindario. ¡Corrió a casa de Manuel que al ver la risa contagiosa del dibujo de Tina, bum! Como por arte de magia paso un buen rato guiñando su ojo de la alegría.

Algo parecido sucedió con Luisa que dando saltos de emoción comenzó a decir, carro, perro, y cuanta palabra encontraba con una perfecta pronunciación.

Pero no le ocurrió igual con el Abuelo Matías que aquellos dibujos no le causaron la más mínima emoción.

Pero Tina estaba tan feliz que aquella reacción no hizo bajar su perfecto ánimo. Solo respiro hondo y pensó en silencio, “me temo que en más de una oportunidad en la vida, hay que aguantarse la risa, dependiendo de la situación que se presente”.

 

 

 

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