La princesa de fuego

En un lugar muy lejano, más allá del horizonte, vivía una hermosa, inteligente y acaudalada princesa. Quien a pesar de tener estas cualidades, no era feliz, ya que muchos pretendientes solo veían en ella una oportunidad para obtener dinero.

La joven cansada de recibir siempre el mismo comportamiento de quienes querían desposarla, un buen día se le ocurrió una maravillosa idea. Mandó publicar por todo el reino un anuncio bastante curioso.

-Aquel que presente ante mí, un regalo de gran valor, delicado y sencillo. ¡Se casará conmigo!

En pocos minutos, comenzó un desfile de caballeros por el palacio. Cada uno trajo llamativos obsequios para la princesa, flores de todos los colores, románticas cartas y poemas de amor.

La joven observó cada uno de los regalos y detuvo la vista en un objeto que llamó poderosamente su atención. Se trataba de una piedra. Sí, una insignificante, sucia y sencilla piedra.

La princesa no contuvo su curiosidad y, envió a sus mensajeros para que encontraran al caballero que le concedió tan extraño presente.

La princesa de fuego

– ¡Vayan y averigüen por todo el reino su paradero y tráiganlo ante mí!

Al poco tiempo apareció el joven y la princesa se mostró muy molesta, ante él. Y le dijo estas palabras:

-¡Qué significa ese regalo! ¡Acaso te burlas de mí!

El caballero le respondió:

-¡De ninguna manera me burlo de ti, bella dama!

-¡Es mi corazón!  Es duro aún porque no te pertenece, al llenarse de amor cambiará, será blando y con mucho sentimiento, más expresivo que ningún otro.

Una vez pronunciadas estas palabras, se marchó del palacio y dejó a la princesa atónita, asombrada. Desde ese día, quedó tan enamorada que durante una buena temporada obsequió de regalos y cuidados al joven. Y siempre llevaba con ella, la piedra.

Pero su corazón no cambiaba, seguía siendo igual de duro como una roca en sus manos.

Cansada y entristecida vio encendido un fuego en las afueras del palacio, se trataba de una hoguera encendida por los soldados, se acercó a la llamarada y allí arrojó la piedra. En unos instantes, se dio cuenta qué algo ocurría. Se deshacía la arena y emergía de ella una encantadora figura de oro.

Fue así cuando comprendió, que ella debería ser como el fuego y transformar todo a su alrededor, aquello que no servía, por algo útil e importante.

Durante semanas y semanas, la joven princesa, se empeñó en cambiar su reino. Y tal como sucedió con la piedra, así cambiaría su vida, inteligencia y fortuna.

Se las arregló para acabar con el lujo, la riqueza y todo eso inútil y frívolo. Comenzó a dar comida y libros a su gente. Se convirtió en una princesa muy humana, de buenos sentimientos hacia los demás.

Cuando la gente la trataba quedaba asombrada de su nobleza y gran espíritu, lo que percibían a través de su calidez humana, por eso la llamaron cariñosamente “La Princesa del Fuego”.

Esta actitud que asumió frente a las personas que la rodeaban, permitió que el corazón del joven se ablandara, tal como se lo había prometido en su primer encuentro con ella.

Tenía tanto amor, cariño y buenos sentimientos que hizo muy feliz a la princesa.

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